Un largo día de noventa noches 

Reflexiones sobre la (a)temporalidad en la pandemia

"A Aristóteles no le gustan los episodios. De todos los acontecimientos, según él, los peores son los acontecimientos episódicos. El episodio no es ni una consecuencia indispensable de lo que antecedía ni la causa de lo que seguiría; se halla fuera de ese encadenamiento causal de acontecimientos que es una historia. Es una simple casualidad estéril, que puede ser suprimida sin que la historia pierda su ligazón comprensible, y no es capaz de dejar una huella duradera en la vida de los personajes."

Milan Kundera, La Inmortalidad 

Comienzo a escribir estas reflexiones en el día 90 del ASPO y con esta sensación: la de que atravesamos un largo y único día de noventa noches. La temporalidad objetiva (la de los relojes y los calendarios) es clara: el decreto presidencial del día 20 de marzo dio inicio al aislamiento. Pero la temporalidad subjetiva no es tan clara ni tan uniforme. Escuchamos distintas formas de habitar la temporalidad del aislamiento. Sensaciones de celeridad: "Parece que el tiempo pasa más rápido", de perplejidad: "¿Ya llega el invierno? ¡Parece mentira!"; de demora: "Los días no se pasan más", de indiscriminación: "Me confundo los días, se me mezclan", y de ajenidad: "No sé en qué se me fue todo el día, no hice nada concreto".

¿Cómo experimentamos la temporalidad en el aislamiento? ¿Por qué estas sensaciones contradictorias?

Ya el mecanismo de las prórrogas sucesivas del ASPO nos abre un punto de reflexión: se trata de plazos cortos cada vez, pero la sucesión de prórrogas repetidas hace imposible entrever el cierre y por lo tanto genera una ausencia de bordes. Algo que siempre queda abierto, lo que hace suponer que la última prórroga no será en realidad la última. El castellano enmascara la diferencia que el inglés realza: the latest (la más reciente) no es necesariamente the last (la última). Cada nuevo período inaugura una temporalidad indefinida, con límites que se expanden cada vez. Esperanzador, el castellano nos permite la ilusión siempre renovada -y hasta ahora siempre frustrada- de que esta vez sí la última (the latest) sea la última (the last). Pero el horizonte se aleja cuando uno se acerca: como en los sueños de imposibilidad, como en los mitos.

Hablando de mitos, imposible no recordar a dos personajes paradigmáticos de la dilación: Sherezade y Sísifo. Una, logrando la postergación indefinida de su propia muerte a manos del tirano perverso. El otro, reconstituyendo cíclicamente su vientre sometido a un tormento perpetuo. Como Sherezade, logramos sobrevivir un ciclo más: un tiempo robado al tirano-virus. Como Sísifo, sabemos que volverá recurrentemente y roerá nuestras entrañas con la misma fuerza. Lejos de ser lineal o progresiva, la temporalidad cobra el carácter cíclico de la postergación indefinida.

"Parece que el tiempo pasa más rápido" es una metáfora, porque en realidad el tiempo no pasa. Las metáforas nos piensan (Lizcano, 2006). Dicen mucho más que lo que suponen designar. Cuando decimos "el tiempo pasa" estamos atribuyendo existencia al tiempo; nos referimos a él como una entidad externa a nosotros, con una existencia independiente de nosotros, y con una actividad autónoma que consistiría en "pasar". Esa narrativa nos desplaza del lugar activo y protagonista que tenemos en su construcción, porque el tiempo en realidad no es una entidad, es un constructo social y subjetivo. Somos nosotros -como conjunto social- quienes construimos el tiempo. El invierno no "llega", porque no es algo que esté en algún lugar y venga o vaya hacia otro lugar. El invierno también es un constructo; no tiene existencia independiente con respecto al conjunto social que lo crea. Los días no "se van" a ningún lado. ¿Por qué nos referimos al tiempo con metáforas que lo reifican, lo convierten en una cosa independiente de nosotros, cuando en realidad no es así, sino que somos nosotros los que producimos el tiempo? ¿Por qué (nos) ocultamos su carácter de constructo y hablamos de él como si fuese una cosa?

El tiempo no es una cosa. Los días, los meses, son constructos. Son efectos psíquicos de un arduo trabajo de producción, de ligadura. El tiempo social-objetivo es instituido socialmente, pero una vez instituido olvidamos su carácter instituido y lo consideramos tan obvio y familiar que lo experienciamos como natural y exterior, como una cosa.

Pero el tiempo se partió en pedazos. Tiempo biológico de la evolución del virus, tiempo social marcado por los emplazamientos cíclicos de la cuarentena, tiempo subjetivo interior, singular, construido y deconstruido por los procesos psíquicos de ligadura y desligadura.

Si el tiempo es una construcción, quiere decir entonces que puede des-hacerse. El trabajo psíquico puede construir el tiempo, ligar los acontecimientos en unidades significativas que experimentamos como duración, construir relaciones entre estos acontecimientos para experimentar correspondencias causales y construir un devenir vital. Pero también puede disolver estas relaciones, destruir esas correspondencias, anular las correlaciones y los ritmos (Green, 2001).

¿Serán esos procesos de destrucción, de desligadura, los que producen esta extraña experiencia temporal en cuarentena? ¿Será que necesitamos destruir los lazos significativos entre los acontecimientos para no exponernos a la angustia? Porque angustias no nos faltan: la pandemia nos expone a la angustia de muerte de modo intensísimo y cuádruple. Nos enfrentamos a cuatro angustias (Tisseron, 2020) la posibilidad de muerte física (por la amenaza constante a la salud), de muerte psíquica (por el encierro), de muerte social (por el aislamiento) y de muerte comunitaria (ya que no es solo la vida individual sino la sociedad como conjunto lo que está amenazado).

Según la prescripción aristotélica para la representación teatral, la unidad de la acción dramática convierte todas las escenas o acontecimientos en escalones que conducen al desenlace final, en el que está concentrado el sentido de todo lo que antecede. El acontecimiento implica la pérdida de la unidad dramática y podría ser pensado como una casualidad estéril, que puede ser obviada sin que la historia pierda su comprensibilidad, puesto que no es capaz de dejar huella duradera en los personajes.

¿No estaremos tratando de reducir la pandemia a un acontecimiento, y así preservarnos de la huella que dejarían en nosotros estos hechos en caso de ser organizados, coordinados e integrados en la experiencia vital? ¿No será que la dificultad para establecer ligazones significativas entre los acontecimientos (que permitiría su ubicación temporal) nos protege de la intensidad afectiva conmocionante de la angustia? De allí la pérdida de las referencias temporales, de allí las sensaciones de lentitud y celeridad, de allí la confusión y la ajenidad. Que el tiempo no pase, para congelar el instante presente y que entonces nada pase, manteniéndonos a salvo de amenazas. O que el tiempo pase rápido, "para que esto termine de una vez".

Destruir el tiempo. Habitar un no-tiempo o un fuera-del-tiempo, a salvo de las contingencias. Esa parece ser la fantasía subyacente a las manifestaciones de la temporalidad en cuarentena. Pero no se puede destruir el tiempo sin destruir los lazos del pensamiento, puesto que el tiempo no es otra cosa que esos lazos mismos, cuya ruptura disloca la experiencia de la temporalidad unificada e integrada en el devenir vital. 

Gustavo Cantú

Bibliografía

Green, A. (2001). El tiempo fragmentado. Buenos Aires: Amorrortu.

Lizcano, E. (2006). Metáforas que nos piensan. Madrid: Ediciones Bajo Cero y Traficantes de Sueños.

Tisseron, S. (2020). Covid 19. 1/4 : un choc traumatique semblable à aucun autre. Actualités. Recuperado de https://sergetisseron.com/blog/covid-19-1-3-un-choc-traumatique-semblable-a-aucun-autre/